"Como obra cinematográfica, artística, transgresora, visionaria y de inigualable profundidad merece ser respetada como lo que és; una obra maestra digna de estudio durante generaciones".



¿Qué es Akira? ¿Por dónde empezar? ¿Cómo valorar una obra que ha tenido tanta influencia en la concepción y percepción del anime moderno? Tal vez, habría que empezar entendiendo su contexto:
O tal vez, conociendo a su autor. Katsuhiro Otomo nació en Japón en los años 50, prácticamente al comienzo de la era Showa. Este periodo de la historia japonesa se caracterizó por un rápido crecimiento económico del país, lo que contribuyó a un gran auge urbanístico en las principales ciudades. Japón había dejado atrás la posguerra y se preparaba para acoger los juegos olímpicos de Tokyo como simbolo de la modernidad del país.

A finales de los 60's el asentamiento de bases militares norteamericanas en Japón desencadenaría una serie de conflictos internos entre universitarios, trabajadores y las fuerzas de seguridad japonesas que se cobraría cientos de heridos y decenas de muertes. El joven Otomo vería por televisión con los ojos atónitos e impresionables de un infante los estragos que causaría en ese entonces la llamada "reforma del AMPO". Pero esa es otra historia. Todas esas experiencias serían la base sobre la que funcionaría Akira. Sin ir más lejos, podemos decir que Akira es una representación de esa época y de esos hechos.

El principio y el fin. La grandeza de Akira reside en su historia, en haber mezclado con acierto la idea del apocalipsis, la rabia adolescente, el apogeo tecnológico de la civilización en contraposición con el declive de una sociedad totalmente deshumanizada y el miedo nuclear aún presente hoy en día en la memoria de la sociedad nipona.
Sigue siendo uno de los comienzos más perturbadores de la historia del cine. La fecha superpuesta sobre el plano nos sitúa en el tiempo y el lugar: 16 de Julio de 1988, Tokio. Vemos la vista cenital de una de las principales carreteras que atraviesan la ciudad. Vacía, despoblada, gobernada por un silencio sepulcral. El plano alza la vista y contemplamos una inmensa metrópoli cuyos límites se pierden en el horizonte. En medio de toda su inmensidad, un pequeño destello negro crece gradualmente y se va definiendo como una onda expansiva que avanza a toda velocidad consumiendo cualquier indicio de civilización. La onda expansiva nos alcanza y se torna una luz blanca que ciega la vista. El holocausto nuclear se ha consumado y, obviamente, nos acordamos de Hiroshima como el perfecto y atroz paradigma del fin de la civilización.

Cuando Katsuhiro Otomo concibió en 1984 su exhaustivo manga Akira, quedaba lejos el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero el panorama internacional apuntaba a la descomposición del bloque soviético y el fin de la guerra fría. El filme, por tanto, recuperaba el miedo nuclear de las anteriores décadas y lo utilizaba para asentar su contexto de manera brillante: una sociedad posapocalíptica, posnuclear y posbélica con una ciudad resurgida de sus cenizas 31 años después: Neo-Tokio.

¡Mi moto! En este contexto, las calles son tomadas por bandas de moteros adolescentes, violentos y peligrosos. Su campo de batalla son las carreteras, en las que combaten revestidos de estéticas herederas del ciberpunk y simbologías que refuerzan su identidad como tribus urbanas. Sus motivaciones no son la lucha contra un establishment ya en desintegración, sino que más bien responden a un nihilismo marcado por el ruido de los motores y el consumo de drogas. Esto último, además, se acabará revelando como el único atenuante posible de los devastadores poderes de Tetsuo, máximo representante de una furia adolescente proporcional a la frustración y abandono de toda una generación.
El que tiene la moto más chula es el jefe, o esto es lo que piensa el acomplejado amigo de Kaneda, Tetsuo. Fruto de la envidia y la frustración y claramente marcado por una sociedad que se "masacra" mutuamente por un estatus preconcevido, cuando Tetsuo descubre sus poderes se siente el "jefe", y será su engrandecido ego adolescente el que se empeñe en entablar batalla contra su amigo para demostrar que el también los tiene bien puestos.